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Ante
todo, quiero señalar que el que espere leer aquí
una reseña objetiva sobre este disco puede ir abandonando
toda esperanza. Desengañémonos, ningún
crítico es realmente objetivo nunca, pero esta vez
debo hacer hincapié en ello, porque en este caso, mi
capacidad para ser imparcial es nula. Me he criado escuchando
la música de Pink Floyd y sus cinco
componentes, he crecido con ella y con ellos, y aunque no
sienta una pasión totalmente ciega por todo lo que
han hecho y dicho en sus ya cuarenta años de carrera,
no puedo negar que David, Richard, Nick,
Roger y Syd, todos y cada uno de ellos,
cuentan con todas mis simpatías. Ni puedo ni quiero
evitarlo.
Hecha
esta declaración de principios (ó de falta de
principios), comenzaré diciendo, por evidente que sea,
que nadie debe engañarse y buscar en “On
An Island” un disco de Pink Floyd,
porque no estamos ante un disco de esta banda, sino ante un
disco de David Gilmour. Por supuesto que
a lo largo de todos sus temas se nota la marca propia de la
casa, las voces, el ritmo, los giros, los teclados y, por
supuesto, la mil veces imitada y sin embargo inimitable guitarra
de Gilmour.
El
pasado 6 de marzo, con motivo del sesenta cumpleaños
del guitarrista, salió a la venta este disco, su tercer
trabajo en solitario (los dos anteriores son “David
Gilmour” -1978- y “About Face”
-1983-) y el primero que graba en estudio desde el ya lejano
“The Division Bell” -1994- de Pink
Floyd. Desde entonces, Gilmour nunca
ha estado realmente inactivo, ha colaborado en discos de otros
músicos, ha actuado puntualmente en festivales y homenajes,
en el año 2002 realizó varios conciertos semi-acústicos
(que quedaron brillantemente plasmados en el dvd “David
Gilmour in Concert”), y en el verano de 2005, con
motivo del Live 8, volvió a reunirse momentáneamente
con sus tres compañeros de Pink Floyd (Roger
Waters, Richard Wright y Nick Mason), dando muestra de
la buena forma de la banda, incluso después de más
de veinte años sin actuar los cuatro juntos.
Pero
volviendo al objeto de esta reseña, diremos que el
album contiene los siguientes diez temas, que luego revisaremos
con algo más de detalle:
01.
Castellorizon 3:54
02. On An Island 6:47
03. The Blue 5:26
04. Take A Breath 5:46
05. Red Sky At Night 2:51
06. This Heaven 4:25
07. Then I Close My Eyes 5:27
08. Smile 4:04
09. A Pocketful Of Stones 6:18
10. Where We Start 6:46
Todas
las canciones están compuestas por Gilmour, con letras
suyas y en algunos casos también de su mujer, la escritora
Polly Sampson, que ya colaboró con él en The
Division Bell. Sampson también toca el piano e incluso
acompaña a las voces en algún tema.
Otros
colaboradores de excepción son Richard Wright, teclista
de Pink Floyd; Guy Pratt, bajista de los Floyd en sus dos
últimas giras mundiales; los clásicos David
Crosby, Graham Nash y Robert Wyatt en las voces; el percusionista
Andy Newmark; el músico Jools Holland; y Phil Manzanera,
ex-componente de Roxy Music y productor de este disco junto
al propio Gilmour y Chris Thomas.
El
primer corte, “Castellorizon”, no es tanto un
tema en si mismo como una breve introducción instrumental
a todo lo que vamos a encontrarnos después, aunque
en su segunda mitad, la guitarra de Gilmour le aporta tal
dignidad que el tema acaba teniendo personalidad propia.
La
canción que da título al disco, “On An
Island”, es un bello tema, suave y acariciante en su
parte cantada, y cuyos dos evocadores solos de guitarra, acompañados
de los maravillosos teclados de Wright, bien podrían
pertenecer a un nuevo disco de Pink Floyd.
El
tercer tema, “The Blue”, es una hermosísima
canción que invita a ser escuchada mientras te das
un tranquilo paseo por una playa solitaria. La guitarra de
Gilmour entra a mitad del tema reforzando esa sensación
de belleza y paz. De algún modo y salvando las distancias
de estilo, The Blue me recuerda a alguna de esas bonitas canciones
de ese otro gran guitarrista llamado Chris Rea.
Si
el tema “On An Island” es la carta de presentación
de este trabajo, tranquila y evocadora, “Take A Breath”
podría ser el single contundente y marchoso, sin duda
la canción mas cañera del disco, con una guitarra
y una batería que van ganando protagonismo a medida
que la canción avanza. Un auténtico temazo.
El
quinto corte, “Red Sky At Night” es el segundo
instrumental del disco, una acariciante pieza donde el instrumento
principal que toca el amigo Gilmour es… el saxo (¡y
no lo hace nada mal!). Las notas finales de este tema sirven
de perfecta introducción a…
...“This
Heaven”, que con ciertos aires de blues marchosillo
y un estupendo órgano hammond como fondo, me recuerda,
sobre todo en su parte vocal, a aquellos pequeños pero
brillantes temas de discazos floydianos clásicos como
“Obscured by Clouds” ó “Meddle”.
La
siguiente canción es “Then I Close My Eyes”,
tercer instrumental del disco, que nos va haciendo flotar
a medida que avanza, y que en algunos momentos también
tiene ese sabor clásico de las antiguas composiciones
del grupo.
El
octavo corte, “Smile”, ya era conocido por su
inclusión en el dvd “David Gilmour in Concert”
del que hablamos antes. Bonita canción que me alegro
que haya incluído también aquí, aunque
la versión en directo no desmerecía en absoluto.
“A
Pocketful of Stones” es una canción con muchos
y siempre agradables cambios y la voz de Gilmour (¡que
voz sigue teniendo este hombre!) resulta tan transparente
y acariciante como siempre.
El
décimo y ultimo tema, “Where We Start”,
es el broche de oro tras todo lo escuchado, otro tema de connotaciones
clásicas (que de verdad no me hubiera extrañado
ver en la cara A ó B de un antiguo vinilo floydiano).
Destacar que la caja del disco también es un trabajo
cuidado. En esta ocasión, los diseños (siempre
complejos, siempre maravillosos) de Hipgnosis y Storm Thorgerson,
han cedido su lugar a un disco en formato libro, conteniendo
las letras de los temas, los créditos del album y unas
cuantas fotos (un faro, una bandada de pájaros, el
mar…), fotos que también nos transmiten esa paz
y tranquilidad que impregnan la mayor parte de las canciones.
En
resumen, un gran disco del siempre creativo David Gilmour,
con algún momento mas cañero, pero en general
con un talante lírico y evocador, propio de la etapa
sosegada que el guitarrista parece estar viviendo en compañía
de su mujer y sus hijos. Un disco que recomiendo escuchar
alguna vez en solitario, caminando quizá por un bosque
bucólico como ese por el que David y su mujer pasean
en una de las fotos mencionadas.
Como
adelanté al principio, no he pretendido en ningún
momento que está reseña fuera una crítica
objetiva, porque me hubiera sido imposible. Y es que, aunque
no quiero ponerme especialmente lírico, lo cierto es
que los muchachos de Pink Floyd han hecho siempre que mi vida
sea más hermosa.
Y
después de tantos años, es increíble,
pero lo siguen consiguiendo.
Puntuación
- 8.5 |
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