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Ya
lo hicieron con sus anteriores lanzamientos en estudio, y
lo han vuelto a hacer ahora. Por alguna extraña razón
la compañía Inside Out se empeña
en sincronizar las salidas de los álbumes de
Neal Morse y Spock’s Beard,
cuando en principio su audiencia es la misma, y en muchos
casos más de uno tendrá que decidir en cual
de las dos opciones invierte sus ahorros. Eso por el lado
comercial, que por el artístico hace inevitable la
comparación de ambos productos. De un lado los
Spock’s sin Neal, y del otro Neal
consigo mismo. Así que puestos a ello, y ya desde las
primeras escuchas de este “Octane”,
la impresión es que los ‘Beard se han
puesto por delante en ese inexistente pero virtual mano a
mano. Y es que la banda californiana, como ya ocurriera en
el anterior “Feel Euphoria”,
se basta y se sobra para recrear los pasajes musicales del
pasado, y además acicalarlos con aires propios, extraídos
directamente del sentimiento de responsabilidad y auto-presión
creativa a los que se vieron expuestos tras la perdida de
su principal factotum (el propio Neal Morse). Pero
estos renacidos Spock’s Beard poseen
una cantidad y una calidad de recursos que supera cualquier
rémora inicial, sobre todo forzados por la necesidad
de volar por ellos mismos, sin el hermano mayor. Eso hace
que Ryo Okumoto resplandezca detrás
de sus variados teclados, que el hermanísimo Alan
Morse se explaye como lo gran guitarrista que es,
y por último, para que Nick De Virgilio
exponga su indudable carisma como cantante, al margen de proseguir
su carrera de flamante batería. Así las cosas
“Octane” es un álbum de
enorme diversidad, y es que esos recursos de los que hablaba
son creativos, instrumentales y potenciados con el florecimiento
de un recién descubierto desparpajo. Los temas se desarrollan
por sí mismos con total fluidez, abarcando la épica
progresiva en “The Ballet Of The Impact”
o “Of The Beauty Of It All”,
el Folk Rock americano en “I Wouldn’t
Let It Go”, la corrosión rockera en
“Surfing Down The Avalanche”
o el intimismo en “Watching The Tide”
y “She Is Everything” (con un
Alan Morse espectacular), mientras el pulso
instrumental corre a su antojo en la sintonía “NWC”.
Todo un festín de una banda desatada en la reafirmación
de su propio criterio musical. Bravo.
Puntuación - 9
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