DE CÓMO UNA SALA CONDICIONA UN GRAN CONCIERTO |
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La ignorancia es atrevida, dicen. Eso justifica en parte la impresión que me llevé, acostumbrado como estoy a conciertos para gatos –4- cuando, al acudir al reciente concierto de Anathema en Madrid, me topé de golpe con una ingente e indisciplinada cola de público que abarrotaba la entrada de la sala Copérnico Nova, en el madrileño barrio de Moncloa. Cuando observé, además, el aspecto que predominaba entre la lineal aglomeración –sorprendentemente, jóvenes profusamente ataviados con collares de púas, tatuajes, pelos puntiagudos, cuando no rapados de forma poco simétrica, y con el negro como color predominante desde las uñas de los pies hasta el blanco de los ojos (que ya es difícil)- empecé a sospechar la realidad. Y
es que mi ignorancia me hizo creer que la única información
que yo tenía hasta ese momento del grupo era la correcta, esto
es, que Anathema es una banda recién llegada
al progresivo, con un par de buenos discos a sus espaldas, y tan minoritaria
y desconocida como todas a las que estamos acostumbrados por aquí.
La realidad no es exactamente así. Se le parece, pero sólo
en parte. Es cierto que Anathema es una banda recién
llegada al progresivo. Tan sólo sus discos más recientes
–y en particular el último, “A Natural
Disaster”- se orientan claramente hacia el progresivo
–aunque con reservas-. Pero no es menos cierto que la banda
no es una recién llegada a la música. Pásmense
los que, como yo, estábamos a oscuras, pues desde que comenzaran
a editar discos allá por el 93, no han parado, y a día
de hoy ya han superado la cifra de 10. Desde luego eso no es posible
si no tienes un razonable respaldo de tus seguidores ¿no? |
La cuestión es que de lo que se nutría este concierto madrileño es del público fiel que les sigue de siempre. No del nuevo público progresivo –aunque también- sino de esas monocromáticas tribus que han saltado y han flotado con los gritos guturales y los salvajes y átonos guitarreos metálicos del doom más agresivo, que es en realidad el territorio musical en que más se ha movido esta peculiar formación. Debí sospecharlo. El subversivo nombre de la banda, Anathema, no inspira precisamente armoniosas melodías ni contenidos suaves. Tras la revelación confieso que entré en la abarrotada sala con bastante respeto, pero con paso firme, pues el último trabajo de la banda, ese “A natural disaster” que es el que precisamente venían a presentar, es realmente fantástico. El equilibrio entre la fuerza expresiva de ese pasado del que no quieren –ni tienen porqué- desprenderse y las nuevas tendencias 'progresivas' concretadas en pasajes instrumentales muy atmosféricos, en un in crescendo constante hasta llegar a la explosión, muy al estilo de Porcupine Tree –sólo en la forma, no en el fondo ni en el estilo- hacen de este plato un descubrimiento de imprescindible degustación. Y en realidad esos cambios sonoros, esos altibajos imposibles, son los que iba a disfrutar en directo, que es como mejor se valoran estas cosas. Siento decir que prácticamente me quedé con las ganas. Y no porque Anathema sea una banda mediocre, porque no lo es. Quizás no sean técnicamente sobresalientes, pero desde luego saben estar en el escenario y arrimar el ascua a su sardina. El ascua es su música, suficientemente apasionada y diversa como para poder construir las atmósferas que despierten sensaciones en el oyente. Y la sardina era un público ávido y entregado desde los primeros compases. Pero claro, todo esto es efectivo si el resto de elementos se ponen de parte del espectáculo y no en contra, como ocurrió aquí. Y es que si el lugar donde tocas no es el adecuado, estás perdido. Madrid tiene un problema, no nos cansamos de gritarlo, aunque sea en el desierto. Es un problema serio en una ciudad que, tras la regia boda del príncipe heredero, presume oficialmente de haber mostrado una inmejorable imagen al mundo, moderna, sofisticada. Mi mente –quizás menos sofisticada que mi ciudad- no alcanza a comprender cómo se puede aspirar a organizar unos juegos olímpicos y no preocuparse mínimamente por la cultura popular –qué más popular que el rock-. Ni una sala decente pensada específicamente para conciertos de tamaño medio -en este concierto habrían fácilmente unas 700 u 800 personas-. E incluso más grave aún, ni un auditorio digno donde recibir a grandes músicos masivos, como se comprobó en el reciente concierto de Alicia Keys, que tuvo que celebrarse en el incómodo auditorio del parque Juan Carlos I, que, desde luego, no es el sitio ideal. Así, no creo que en el extranjero –ni en el resto de España- se nos pueda señalar como referente cultural de nada que no esté relacionado con el Museo del Prado (Eso sí, tenemos un Teatro Real cojonudo para escuchar ópera a unos precios realmente competitivos para el pueblo .... y si no, que lo vean en la calle, en pantalla gigante). En fin, dejémoslo que cada vez que tocamos ese tema, se me altera el organismo y me voy rápido a los concurridos cerros de Úbeda. Lo que quería trasmitir es que la sala Copérnico Nova Club, recién re-abierta tras unas obras de adaptación, es un sitio fantástico para ir a tomar copas y bailar. Muy bien ambientado con motivos marineros, tal parece que estés en el interior de un magno bergantín dieciochesco. Pero en el siglo XVIII no se daban conciertos de rock, así que en ese apartado la sala naufraga irremediablemente. Una zona central contiene el espacio de mayor capacidad presidido por un escenario bajísimo, casi a ras del suelo. Así, desde este área central es prácticamente imposible ver el escenario a menos que estés en las primeras filas o midas 2.50, mínimo (mi madre presume de lo alto que le ha salido el chaval -mido 1.85- y conseguí ver los largos pelos de los guitarristas, y poco más, a un precio muy caro: mi cuello aún no ha recuperado la verticalidad, sigue escorado hacia el cielo y todo el que se me cruza mira al techo para ver qué es lo que persigo con tanta insistencia). El aforo se completa con unos pasillos a doble altura que rodean lo anterior, donde están las barras, separados del centro por gruesas columnas. La poca altura general de la sala es especialmente baja es estos pasillos, por lo que, aunque se mejora la visión, merced a la doble altura, se dificulta la audición, gracias al efecto túnel que crea esa misma diferencia. Resumiendo, que la Copérnico es tremendamente incómoda y poco pensada para conciertos.
Aún así, el sonido de la sala es bastante aceptable en
general, y por ahí parece que podríamos salir bien parados
(Ya que no vemos nada, a ver si por lo menos escuchamos algo). Pero
–supongo que es por la ley de Murphy- cuando las cosas van mal,
pueden ir a peor. Así ocurrió, que al poco de comenzar
el concierto empezaron a surgir problemas técnicos. El sonido
se volvió ininteligible en los momentos más metálicos
–imposible distinguir instrumentos-. Algún extraño
tipo de acople –creo que relacionado con las luces- producía
a ratos un desagradable chisporroteo continuo. Y para rematar la faena,
el concierto terminó abruptamente a las 00:00 -con casi media
hora de repertorio pendiente- porque la sala abría después
como lo que es, como discoteca popera (no hemos dicho, y sería
injusto callarlo, que el concierto empezó media hora después
de lo anunciado porque los músicos llegaron también tarde
a las pruebas de sonido. La causa: estaban grabando uno de Los
conciertos de Radio 3 que os recomendamos visualizar cuando
lo emitan ¿cuando? ... ¿quien sabe ande...?). Una de las
inmediatas consecuencias de todo lo anterior fue que ningún componente
de la banda parecía cómodo en el escenario. Era más
que evidente el “mosqueo” de al menos los dos miembros
más visibles –ambos guitarristas-. Al resto ni los vi.
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Parece, según lo que os cuento, que no hubo nada salvable en esa noche que comenzaba prometedora y acabó en rosario. Y eso tampoco es del todo cierto. Afortunadamente, de entre todo este desastre se pueden rescatar varias cosas. Cosas que son las que nos permiten considerar que la banda es todo un descubrimiento al que desde ahora vamos a seguir muy de cerca. Cosas, además, más cerca del repetorio progresivo -que nos atrae más- que del complaciente repertorio metalero que dedicaron al público mayoritario -más que lógico, por otro lado-. Fue particularmente intensa la interpretación que hicieron de uno de los temas estrella de su último álbum, "Closer", un corte especialmente emotivo, cargado de efectos sonoros, y buque insignia de esa nueva tendencia espacial que esperamos que vaya acaparando cada vez más protagonismo en su música. Y recuperamos la fe en que la noche podía ser salvable cuando salió a escena una joven menuda y vivaracha que hizo impecablemente la voz femenina del tema que titula a este último trabajo, "A natural Disaster". Al ser una canción intimista, el sonido mejoró sensiblemente, y pudimos degustar en detalle tanto la voz como los devaneos guitarrísticos que adornan este tema intenso y delicado. El cierre del concierto, todo un lujo, muy arriesgado, por cierto, pero un lujo. Pink Floyd en todo su esplendor, una versión del "Comfortably Numb", del mítico "The Wall", un broche sin duda de oro, pero un reto del que salieron airosos a medias. El tema ganó al final, cuando dejaron de intentar calcar -sin éxito- el original y le dieron el personal toque Anathema... Ahí es cuando barrireron. No nos arrepentimos en absoluto de haber acudido a este concierto. Es más, nos alegra mucho ver que hay nuevas generaciones ávidas de música no convencional, y eso nos hace albergar halagüeñas esperanzas de futuro. Pero, por favor, no nos resignemos a tener que encerrarnos en clubes impropios. Los músicos se merecen disfrutar tocando, y nosotros merecemos compartir ese disfrute. Bandas que, como ésta, nos hacen salir de la rutina, deberían alcanzar techos más altos.
Francisco
José López Palomo
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