Esta
vez y sin que sirva de precedente, comenzaré
esta reseña con aires algo pesimistas y sin
duda nostálgicos. Durante los previos al concierto,
prolongados, en la menos prusiana y desde luego más
habitual de las costumbres, más de 30 minutos,
mi cabeza se permitió el desacostumbrado lujo
de cavilar, de buscar razones a un nuevo fiasco en
el plano de la asistencia. La conclusión, compartida
quizás con otros aficionados, es la siguiente:
el público que roza los 40, ese público
que conoce y admira a gente como Carl Palmer,
no es habitual a los conciertos. Los quehaceres familiares
y laborales han carcomido parte de esa esencia y ha
adocenado a un alto porcentaje. Respecto a los otros,
los jóvenes, los que aún se mueven y
participan, obviamente no hemos sido capaces de transmitirles
las bondades de unos músicos que han trascendido
a niveles tan, tan altos que han rozado olimpos musicales.
No es esta una conclusión halagüeña,
especialmente porque merced a esta situación,
los promotores probablemente dejarán de fijar
sus ojos en estas figuras, que desde luego no son
baratas y aparentemente no despiertan ya tanto interés.
Esta situación nos privará de poder
disfrutar de conciertos como el del jueves 16 de Marzo,
ante una audiencia de 180 almas.
Las penas con pan son menos y el pan musical alimenta
que da gusto. Así como en los experimentos
de Pavlov, los simpáticos canes comenzaban
a segregar saliva con un toque de campana, los primeros
baquetazos en “Peter Gunn”
comenzaron a hacer efecto en las glándulas
de los asistentes. El comienzo no fue ciertamente
brillante, un inoportuno fallo en la guitarra hizo
precisar el reinicio del tema, y además Carl
Palmer parecía mostrarse molesto con
algún incomodo foco que calentaba en exceso
su egregia chepa. Una vez superados estos problemas,
se comenzó a vislumbrar que este curioso trío
en el que faltaba un teclista podría dar un
gran espectáculo. Y así fue ciertamente,
una noche basada en música de E,L&P,
una noche de enérgica percusión, pero
también de gran intensidad en la brillante
interpretación que el jovencísimo Paul
Bielatowicz a la guitarra y el recientemente
incorporado al clan, Stuart Clayton al
bajo desarrollaron. El primero tenía la complicadísima
labor de traducir a las seis cuerdas la ciencia de
Keith Emerson y desde luego rebasó
esta necesidad. Mr. Clayton por otra
parte dio también la talla, atreviéndose
incluso a algún brillante solo, que incluyó
“Shape of my Heart”,
de Sting, en el que adornaba con lucecitas
brillantes el perfil de su bajo.
Respecto a Carl Palmer, un saco de
virtudes, físicas, técnicas e incluso
sociales; tuvo el buen gusto de presentar sus temas
en castellano, idioma que conoce bien tras vivir varios
años en nuestro país. Esa simpatía
que despierta quien chapurrea nuestro idioma con localismos,
fue especialmente bien acogida cuando presentando
el tema “L.A. Nights”,
hablaba del periodo en que vivió en Los
Angeles y confraternizó con Joe Walsh....”mucha
calle...muchas copitas”, o cuando referenciando
a “Love Beach” echaba
pestes sobre la estética del mismo....”horrible
disco, aspecto nada progresivo, esos tres 'mariquitos'
en la portada... eso sí en ese trabajo había
un buen tema... Canario!!!". Otra de las
“confesiones” de la noche apuntaba que
“Brain Salad Surgery” fue
sin duda la cumbre de la producción de E,L&P.
Aparte de los temas citados, otros cortes que se desarrollaron
durante los aprox. 90 minutos del concierto fueron,
"Hoedown", basado en el
original de Aarón Copland, dos tributos
a la música de Sergei Prokofiev, con
“The Enemy God” y "el
baile de las máscaras" de Romeo
y Julieta, o hitos tan relevantes como "Tank",
"Bullfrog", "Tocata", "Tarkus",
"The Barbarian" o "Trilogy".
Toda esta impresionante selección tuvo su broche
final con “Fanfare for the Common Man”
en el que Palmer se marcó el no por
esperado, menos impactante solo de batería
que dejó atónitos a los asistentes.
Tras tan soberbia demostración de los méritos
de este insigne cincuentón (casi sesentón),
retirada tras los bastidores y nueva aparición
para el único bis de la noche, otra adaptación
clásica, en este caso del “Carmina
Burana” de Carl Orff.
Tras el contundente espectáculo, la conclusión
musical es que los allí congregados asistimos
a un gran concierto cocinado con gran habilidad por
un trío de campanas (qué pena ...no
había Gong).