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Al final, los primeros fueron los últimos, los últimos también fueron los últimos, y cada cual se las apañó para entrar y situarse donde buenamente pudo, unos con mejor y otros con peor suerte, ya que, una vez mas, parece que se habían vendido mas entradas de las que aconsejaban la lógica y el aforo del local (nos referimos al aforo para conciertos, aquel en el que la gente puede disfrutar visual y auditivamente de lo que ocurre en el escenario). Todo esto, acompañados del siempre mejorable “aire acondicionado” de la sala (es decir, el techo abierto bajo un Madrid a 35 grados de temperatura) y aliviados del calor por unas cervezas de a 4,50 euros el vasito de plástico (cuyo consumo, cierto es, no era obligatorio). Pero en fin, como la vida es muy corta como para ensañarnos en aquestos males y no disfrutar de los correspondientes bienes, vayamos al objeto de esta reseña. Como dato para los que no lo sepáis, Ian Anderson siempre solicita que los espectadores no fumen durante los conciertos que celebra en lugares cerrados; en algunas columnas y paredes del local así estaba indicado, y el propio Anderson recordó elegantemente el tema a los más recalcitrantes al poco de comenzar el concierto. Por supuesto, nada que objetar por nuestra parte, dado que este genial flautista vive de su capacidad pulmonar para asombrarnos a todos con su virtuosas interpretaciones (aunque entiendo los comentarios negativos de algunos de los fumadores allí presentes –fumadores de cigarrillos ó de otras sustancias mas imaginativas-, que se sentían muy contrariados por esta prohibición de la que no habían sido advertidos previamente). En consecuencia, el concierto, que en principio iba a comenzar a las nueve de la noche, empezó una media hora después, y una vez despejado medianamente el humo de la sala, aparecieron triunfalmente los únicos e inimitables Jethro Tull, recién llegados de Italia (donde habían actuado un par de días antes), dispuestos a hacer dos conciertos en España (este de Madrid y otro al día siguiente en Estepona) y partir de nuevo hacia Inglaterra (donde actuarían en Liverpool dos días después). Sobre el escenario pudimos ver en acción a, lógicamente, Ian Anderson, y a la formación tulliana de los últimos tiempos, es decir, el incombustible Martin Barre a la guitarra, Jonathan Noyce al bajo, Andrew Giddings en los teclados y el clásico Doane Perry a la percusión; por cierto que la batería de Doane ocupaba el centro del escenario, pertrechada en todo momento tras una mampara transparente (supongo que por temas de sonido y no de seguridad porque ¿quién querría tirar tomates a este genial bateria?). En cuanto al repertorio, pudimos escuchar temas como Beggar´s Farm, Bourée, la versión editada del Thick As A Brick, Bourée, Mother Goose, Aqualung, My Sunday Feeling, Hymn 43, My God, Wind Up, Locomotive Breath, etc. Es decir, que la banda hizo un formidable repaso a buena parte de sus títulos más emblemáticos (con una carrera de casi cuarenta años a las espaldas, revisarlos todos habría sido imposible) y también se escucharon algunos otros temas no tan conocidos, al menos para los no iniciados en el grupo. Quizá suene demasiado tópico decir que los años no pasan por esta gente, pero es que aparentemente es cierto. Anderson ya ha cumplido cincuenta y muchos, pero parece que esto, lejos de ser un obstáculo para él, es un acicate, y el hombre hace gala de la misma energía de siempre; y lo mismo podemos decir de sus compañeros, así que, una vez más, debemos quitarnos el sombrero ante el entusiasmo, el buen hacer y la profesionalidad de estos cinco músicos. En resumen, un concierto realmente fabuloso, en el que la sala sonó bastante mejor de lo que acostumbra, y en el que Anderson y los suyos demostraron que siguen en muy buena forma y aún son capaces de dar muchísima guerra (y muchísima paz) desde el escenario. Vamos, que deseando estoy tener una nueva oportunidad de verles en acción. |