El espectáculo más allá de la música
 
Texto: Francisco Jose López Palomo
Fotos: Angel Fraile
 
   

Existe una palabra, antigua ya, creada para definir una especial forma de manifestación musical callejera, un tipo especial de concierto que se caracteriza por las enormes dimensiones de todo lo que rodea al simple concepto de la música. La palabra es MACROCONCIERTO, y tiene unas características especiales. Los espacios, lo más grande posibles para poder contar por miles los melómanos que sea capaz de albergar el lugar. Los escenarios, gigantes, para que tenga cabida cuanto más instrumento, músico, efecto o máquina sea posible. Las luces, exageradas, brillantes, cambiantes, para cegar y alucinar al manso espectador que va allí justo para eso. Y para que la zona sea perfectamente reconocible, el acceso al recinto debe estar rodeado por una suerte de parque temático ambulante, donde se expongan para su consumo compulsivo todo tipo de artículos más o menos oficiales relacionados con el individuo o banda que protagoniza el evento.

Un macroconcierto debe ser algo tan espectacular y especial que mucho tiempo después de la, llamemos, efeméride, aquel espectador que tuviera la suerte de acudir a él y que topara con otro ser equivalente, se sentiría unido a él por una especie de secreto código de hermandad que les marcaría y les identificaría como seres especiales –así al menos es como debe sentirse un verdadero animal de macroconcierto- “¿Viste a X en el 82?" "Joder tío, vaya si le vi ¡qué fuerte,! ¿no?”. Para estos individuos los hitos históricos los marca un calendario especial en el que no figuran los cambios políticos, las guerras o los avances científicos, sino estas citas ineludibles que configuran el paso del tiempo.

Últimamente parece que la palabra en cuestión ha perdido su fuerza mágica. Los más jóvenes, o les suena a fantasías de viejo, o lo que es peor, ni han oído hablar de ello. Los cambios que está sufriendo el mundo de la música debido a los famosos avances tecnológicos –mp3, descargas, pirateo ¿os suena?- han hecho que los conciertos se conciban como una forma obligatoria, no sólo de promoción, sino de rentabilidad, lo que implica pérdida de espectacularidad, reducción de costes de montaje y conceptos así de feos. Cuatro lucecitas y a tirar. ¿A que ya no habéis vuelto a oír esas leyendas urbanas nunca demostradas que hablan de giras ruinosas para los músicos? Recuerdo haber oído que U2 perdieron mucha pasta con la gira esa de la pantalla gigante, o que a Bowie le pasó lo propio aquella vez que vino a España con una araña enorme que bajaba del techo. Y tres cuartas de lo mismo dicen que le pasó a Prince en aquella gira en la que su montaje incluía una cancha de baloncesto, y una cama movible, entre otros cachivches. Es difícil que Elton John, por poner un ejemplo actual, pierda dinero en una gira si todo su acompañamiento en sus conciertos es su piano de cola, como ocurrió en Madrid no hace muchos meses. En fin, hablo de los olvidados 90. Eran otros tiempos. Ahora lo más parecido son los macro-festivales, un nuevo concepto que merecería todo un detallado estudio sociológico, pero que no encaja con la romántica gira espectáculo.

Por todo lo dicho, cuando nos enteramos que venía a España el polifacético PETER GABRIEL, uno de los pocos supervivientes -quizás el más grande- que conservan esa forma de entender el directo como espectáculo, no dudamos ni un segundo en recorrer la distancia que hiciese falta para reverdecer laureles, y nos movimos hasta Barcelona dispuestos a disfrutar de las últimas tecnologías aplicadas al directo. El resultado no defraudo. Bien es cierto que el Palau San Jordi no sonó todo lo bien que se podía esperar, pero aún así el tremendo despliegue de efectos, trucos, máquinas, pasarelas -y también la calidad de la música, no nos olvidemos- bien mereció el viaje. Cada tema era una aventura diferente, un pequeño cuento de hadas o el truco de magia de un hipnotizador televisivo. Si os parece, intentaremos hacer un recorrido lo más ordenado y descriptivo posible por todas esas historias que el señor Gabriel nos fue contando. Pero es difícil, así que los que no estuvísteis, apoyaos en las 5 fotos para entender la grandeza del montaje. Y los que sí, podéis aprovechar para recordar algo que tardaréis -tardaremos- en volver a ver.

 
   
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