Existe
una palabra, antigua ya, creada para definir una especial forma de manifestación
musical callejera, un tipo especial de concierto que se caracteriza
por las enormes dimensiones de todo lo que rodea al simple concepto
de la música. La palabra es MACROCONCIERTO,
y tiene unas características especiales. Los espacios, lo más
grande posibles para poder contar por miles los melómanos que
sea capaz de albergar el lugar. Los escenarios, gigantes, para que tenga
cabida cuanto más instrumento, músico, efecto o máquina
sea posible. Las luces, exageradas, brillantes, cambiantes, para cegar
y alucinar al manso espectador que va allí justo para eso. Y
para que la zona sea perfectamente reconocible, el acceso al recinto
debe estar rodeado por una suerte de parque temático ambulante,
donde se expongan para su consumo compulsivo todo tipo de artículos
más o menos oficiales relacionados con el individuo o banda que
protagoniza el evento.
Un
macroconcierto debe ser algo tan espectacular y especial que mucho tiempo
después de la, llamemos, efeméride, aquel espectador que
tuviera la suerte de acudir a él y que topara con otro ser equivalente,
se sentiría unido a él por una especie de secreto código
de hermandad que les marcaría y les identificaría como
seres especiales –así al menos es como debe sentirse un
verdadero animal de macroconcierto- “¿Viste a X en
el 82?" "Joder tío, vaya si le vi ¡qué
fuerte,! ¿no?”. Para estos individuos los hitos históricos
los marca un calendario especial en el que no figuran los cambios políticos,
las guerras o los avances científicos, sino estas citas ineludibles
que configuran el paso del tiempo.
Últimamente
parece que la palabra en cuestión ha perdido su fuerza mágica.
Los más jóvenes, o les suena a fantasías de viejo,
o lo que es peor, ni han oído hablar de ello. Los cambios que
está sufriendo el mundo de la música debido a los famosos
avances tecnológicos –mp3, descargas, pirateo ¿os
suena?- han hecho que los conciertos se conciban como una forma
obligatoria, no sólo de promoción, sino de rentabilidad,
lo que implica pérdida de espectacularidad, reducción
de costes de montaje y conceptos así de feos. Cuatro lucecitas
y a tirar. ¿A que ya no habéis vuelto a oír esas
leyendas urbanas nunca demostradas que hablan de giras ruinosas para
los músicos? Recuerdo haber oído que U2 perdieron
mucha pasta con la gira esa de la pantalla gigante, o que a Bowie
le pasó lo propio aquella vez que vino a España con una
araña enorme que bajaba del techo. Y tres cuartas de lo mismo
dicen que le pasó a Prince en aquella gira en la que
su montaje incluía una cancha de baloncesto, y una cama movible,
entre otros cachivches. Es difícil que Elton John, por
poner un ejemplo actual, pierda dinero en una gira si todo su acompañamiento
en sus conciertos es su piano de cola, como ocurrió en Madrid
no hace muchos meses. En fin, hablo de los olvidados 90. Eran otros
tiempos. Ahora lo más parecido son los macro-festivales, un nuevo
concepto que merecería todo un detallado estudio sociológico,
pero que no encaja con la romántica gira espectáculo.
Por
todo lo dicho, cuando nos enteramos que venía a España
el polifacético PETER GABRIEL, uno de los pocos
supervivientes -quizás el más grande- que conservan esa
forma de entender el directo como espectáculo, no dudamos ni
un segundo en recorrer la distancia que hiciese falta para reverdecer
laureles, y nos movimos hasta Barcelona dispuestos a disfrutar de las
últimas tecnologías aplicadas al directo. El resultado
no defraudo. Bien es cierto que el Palau San Jordi no sonó
todo lo bien que se podía esperar, pero aún así
el tremendo despliegue de efectos, trucos, máquinas, pasarelas
-y también la calidad de la música, no nos olvidemos-
bien mereció el viaje. Cada tema era una aventura diferente,
un pequeño cuento de hadas o el truco de magia de un hipnotizador
televisivo. Si os parece, intentaremos hacer un recorrido lo más
ordenado y descriptivo posible por todas esas historias que el señor
Gabriel nos fue contando. Pero es difícil, así
que los que no estuvísteis, apoyaos en las 5 fotos para entender
la grandeza del montaje. Y los que sí, podéis aprovechar
para recordar algo que tardaréis -tardaremos- en volver a ver.