| Aunque
desde estas páginas tan tecnificadas siempre intentamos -con nuestros
escasos medios, eso sí- que haya puntual reseña de cuantos
eventos nos es posible acudir, habréis observado que en la larga
lista de conciertos que hemos vivido de modo inexplicable en estos meses
post-veraniegos aquí en nuestra sufrida Madrid, no aparece
comentario alguno de un concierto que resultó, sin duda, uno de
los importantes. Hablamos del concierto que los míticos KING CRIMSON, con Robert Fripp a la cabeza, ofrecieron el pasado mes de Julio. Y no es que el concierto estuviese mal -que no lo estuvo- o que no nos gustase -que nos gustó. Fue un concierto técnicamente perfecto, con un sonido impecable, aplastante, con cuatro consumados intérpretes -Adrian Belew y Pat Mastelotto especialmente enormes- que demostraron sin dejar lugar a la duda cómo se hace música atemporal. Pero a nosotros, menos "crimsonianos" de lo que se podría presuponer a priori, nos faltaba algo. Quizás no estemos hechos para la perfección, o puede que las rarezas "frippantes" nos descoloquen, pero echamos de menos más alma. La mítica grandeza de King Crimson, referente musical de más de una generación, se nos quedó coja. Nos faltaba la mitad. Y teníamos claro cual era el problema -que sabemos que no todo el mundo comparte, que conste- y es que los Crimson del siglo 21 reniegan paradójicamente de la época musical en que crearon ese hombre visionario nacido antes de tiempo, reniegan de la época de ese "hombre schizoide del siglo 21 (21st century schizoid man)", de su primera y más emblemática época, que arrancan de su repertorio casi con dolorosa violencia. Sin duda esa actitud es muy respetable, pero a nosotros nos dejó con un cierto vacío espiritual. Por eso habíamos dejado en blanco el hueco de ese gran concierto en nuestro "diario informático de sensaciones". Pero como ocurren las cosas buenas, de modo inesperado y sorprendente, esa mitad que nos faltaba se nos anunció hace unos meses en forma de nuevo concierto, no de King Crimson, claro, sino de otra formación que en su nombre ya llevaba visible la pieza perdida del puzzle. Y ahí es donde se cerró el círculo inacabado. Y se cerró con la perfección que requería tan buen comienzo. Y se cerró a lo grande, con los nombres míticos que necesita la exigente geometría de un círculo para ser redondo. La ceremonia ritual se consumó el pasado 21 de octubre del 2003, y lo hizo posible una reunión de magos que se hacen llamar .... |
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| Ya teníamos noticia de que una formación de grandes monstruos de la música se habían reunido para recorrer el mundo mostrando lo mejorcito de la época dorada de una banda histórica que marcó un antes y un después en la composición musical, época inicial de King Crimson, de la que la mayoría de ellos habían sido protagonistas. Pero no sabíamos -ni lo supimos hasta poco tiempo antes de la fecha oficial- si el mundo incluía en este caso nuestra cambiante geografía.Y ya es raro que tuviésemos esa duda, pues la calidad de los músicos y el gancho indiscutible de su repertorio daba al proyecto la apariencia de un goloso pastel económico que los avispados promotores españoles no dudarían en disputarse hambrientos. Craso error. Está tan mal la cosa por estas tierras que hubo que esperar hasta el último momento para que un promotor de momento poco conocido -Mc Bryan Productions- se atreviera, y con confesadas reservas, a hacerse cargo del marrón. Más lo hizo por convicción musical y amor al riesgo que por puro negocio. Y así es como supimos que en su recorrido europeo y antes de rematar su gira con 7 conciertos en el Reino Unido, harían dos paradas en España, una en Barcelona y otra en Madrid. El concierto que disfrutamos fue el de Madrid, y la cosa no podía empezar peor, pues la sala en que se anunciaba no presagiaba nada bueno. Era la Sala Arena, de infausto recuerdo no sólo por las penosas vivencias que sufrimos cuando organizamos la primera visita de los británicos Arena a España, sino por la mala acústica que suele ofrecer en los conciertos que allí hemos vivido. Pero , no sé, alguna especie de hado benigno debía andar detrás del evento, porque cuando llegamos a la sala, ésta estaba cerrada por reformas -sospechamos que para ser reciclada en sala Boys, a tenor de lo que traslucían algunos carteles que se veían a la entrada- y un pequeño anuncio escrito a mano indicaba la ubicación del recinto alternativo que se ofrecía, una discoteca cercana pero desconocida para nosotros, que se llama COOL, situada en una transversal a la Gran Vía, cerca de la Plaza de España. Reconocemos que al entrar en la nueva sala, nuestra sorpresa fue mayúscula, y las reservas iniciales se transformaron en auténtico pavor, pues la susodicha discoteca tenía una sesentera entrada superhortera, inspirada quizás en los decorados de la nave intergaláctica de la saga de Star Trek, y el interior, con columnas repletas de espejos circulares, y bolas colgantes de destelleantes lentejuelas, era más adecuado para que un Travolta trasnochado se peinase el tupé que para celebrar cualquier tipo de concierto. Pero adelantamos ya que todo esto fue, afortunadamente, tan sólo una fachada inesperada. Porque el concierto sonó auténticamente de lujo, el escenario era bastante más que decente, las luces correctas -aunque sobrias- y el aforo -que no se llenó ni de lejos- permitía reunir a más de 600 personas. O sea, que no sólo disfrutamos de un gran concierto, sino que además descubrimos una nueva alternativa a nuestra querida Sala Caracol, con la falta que hace tener buenas opciones en Madrid (por si acaso, más que nada). A las 10 casi en punto aparecieron los 5 en escena, sin grandes aspavientos, incluso con cierta timidez. Lógicamente avejentados por la edad, parecían unos sencillos profesores de escuela -Mel Collins hasta sacaba las gafas de vez en cuando- que iban a explicar algunas cosillas sobre los instrumentos. La primera sensación parecía de mutua expectación. El público no tenía claro lo que iba a oír, si realmente se iba a cumplir lo prometido, y cómo iba a resultar en tan atípica sala. Y la banda no sabía cómo se la iba a acoger, como iba a ser aceptado el repertorio. Pero esa mutua y prudente desconfianza duró escasamente los 10 o 15 primeros minutos, porque lo que empezó a sonar superaba cualquier idea preconcebida. Sólo se me ocurren grandes y rimbombantes adjetivos para definir la forma de tocar y de transmitir de estos 5 señores. ¡Qué derroche, qué energía, qué elegancia, qué sentimiento, qué gusto y qué contundencia! La duda de quién cantaría los temas se aclaró en seguida. Fue Jaco M. Jakszyk, el único que no ha participado antes en ningún proyecto de King Crimson, el que asumió esa tarea. Y no sólo cantó con una voz sorprendentemente evocadora, que nos recordaba a las voces originales de los temas más clásicos, sino que además fue el que se encargó –y de qué manera- de hacernos olvidar a Robert Fripp a la guitarra. Seamos justos. No es cuestión de hacer olvidar a nadie –Fripp, a pesar de sus manías, es un indiscutible genio- pero la forma en que el señor Jakszyk tocó los temas, la pasión con que punteaba, la transparencia y la cercanía con la que podíamos sentir el sudor, el gesto, el esfuerzo y el placer del intérprete, son lujos que Fripp no permite, y que distancian más que unen. Además la indiscutible diferencia de sonido entre ambos daba una nueva dimensión a los temas, cosa muy de agradecer. Vamos, que la participación de este afamado músico de sesión en cuya extensa carrera suele destacarse su participación en la banda inglesa Level 42, resultó ser de enorme peso en el desarrollo del espectáculo. En una primera parte del concierto fueron desgranando algunos temas menos conocidos (para los crimsonianos menos concienciados como yo), pero con los que se fueron ganando a un público que quería ser ganado. "Let there be the light", "A Man, A City", "Ladies of the Road", son algunos nombres que recuerdo en un primer esfuerzo de memoria. Incluso presentaron algún tema de algún trabajo en solitario de Ian Mc Donald. Y durante todo este tiempo se fueron liberando en el escenario y se fueron involucrando más y más. Los temas alcanzaban una fuerza tremenda, gracias a la increíble rapidez del batería Ian Wallace, y a la electricidad enchufada por la guitarra de Jakko. Los solos que salían del saxo de Mel Collins o de la flauta de Ian McDonald te dejaban sin respiración, y siempre terminaban igual, con una tímida sonrisa o un leve saludo, como si no hubiesen hecho nada. Y el público seguía expectante, pero ya no por las dudas, totalmente disipadas, sino por saber qué iba a ser lo siguiente con lo que íbamos a gozar. Y con la satisfacción de saber que tras esta primera hora, lo mejor estaba por venir. Y lo “mejor” empezó con los acordes de uno de los momentos más esperados. Fue “I talk to the wind”, del primer trabajo de King Crimson, el himno de toda una generación. Sonó muy diferente del original, más alegre, más rítmico, más dinámico, y con los representantes de esa generación que allí estábamos coreando el estribillo, sin excepción, totalmente transportados. No era para menos, pues ver cómo se situaron en primer plano Mel Collins e Ian Mc Donald para tocar a dúo esas flautas mágicas que aparecen en este tema resultaba totalmente lisérgico. Y a partir de ahí no hubo descanso. Tras las presentaciones –otro auténtico delirio, pues la memoria histórica estaba fresca, y cada nombre era premiado con encedidos aplausos que ellos bebían gustosos- comenzó otra bomba, Epitaph. ¡qué sonido, qué efectos sonoros, qué sensaciones atravesaban el cuerpo! ¡cómo es posible que algo del año 69 pueda sonar tan futurista!. Os juro, y no es una exageración, que lloré. Sentí que a pesar de los años no teníamos superado un tema como este, y lloré. Siguió, y yo empezaba a flaquear, "In the court of the Crimson King". En principio, la mayor diferencia con el original volvía a ser la guitarra de Jakko. Volvimos a disfrutar con su catalogo de gestos retorcidos. Pero recordemos que esto es un directo, y llevado por unos monstruos, o sea que podíamos esperar que el tema no se ciñera exclusivamente a repetir el original. Y así fue. A partir de un punto empezaron a explayarse en solos eternos, infinitos, divinos, totalmente eschizoides, si aceptamos ese término como válido. Peter Giles, el bajista, todo un personaje, con una presencia imponente, y ese aspecto de americano del oeste, elegantemente vestido e impasible ante la descarga, estuvo especialmente sobresaliente en este tema. Los desarrollos de la guitarra de Jakko ya ha quedado claro que me enloquecieron –y aseguro que no fui el único encantado- pero en este tema resultó particularmente espectacular la “Mel-session” que se marcó el amigo Collins. El acerado instinto jazzístico de este hombre nos hizo salirnos del tema principal, y nos dejamos llevar al terreno que quiso con el torrente sonoro de ese saxo increíble. El relevo lo tomó a la perfección Ian Mc Donald. Tan preciso fue el cambio, que si me hubiese pillado con los ojos cerrados no hubiese podido decir cuando acababa uno y comenzaba el otro. Mc Donald alargó un poco más la explosión jazz para reconducir de forma exquisita el clásico a su apoteosis final. Fueron casi 15 minutos que detuvieron el tiempo, y un broche de lo más impactante para un concierto que a mí se me antoja histórico y difícilmente repetible. El concierto aún dio para algo más. Tras los aplausos, un bis de lujo, "Starless", nada menos, y un segundo bis que no puedo precisar, de enorme belleza, que comenzó con la aparición en solitario de Mc Donald, en los teclados esta vez, para que el resto fuese apareciendo poco a poco a rematar una faena con la que ya habían triunfado. La sensación final tras casi 2 horas y media fue inmejorable. Aún cuando lo recuerdo, me cuesta creer que he visto lo que he visto. Y para colmo, los músicos anunciaron con una humildad admirable que tras descansar un poco, bajarían a charlar con la gente y a compartir con ellos unos momentos. En fin, es difícil ver cosas tan grandes compatibilizadas con actitudes tan sencillas. Me resisto a hacer juicios comparativos, que cada cual haga su reflexión. Lo que no me resisto a señalar es mi absoluta incomprensión ante una paradoja inexplicable: Aunque el público era abundante para la sala, no sobrepasaba las 300 almas ¿dónde estaban los 2000 que meses antes habían acudido a ver a los otros genios musicales, a los actuales King Crimson? ¿Acaso no hay sitio para todos? Parece que no. Si a alguien le apetece, que me lo explique -correos hay- pero de momento, a mí -y a los otros 299- "que me quiten lo bailao". Es difícil disfrutar tanto del arte musical. Si se repite, allí estaremos. Y si no, eso que nos llevamos puesto. |
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Francisco
José López Palomo Octubre 2003 |
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