Pues sí.
El pasado 22 de julio de 2003, y siguiendo una esperada y sorprendente
secuencia de grandes conciertos previstos para este año en Madrid
-King Crimson, mirando hacia atrás, Camel
mirando al frente- pudimos gozar en la calurosa noche madrileña
y en uno de los mejores marcos posibles para ello dentro de la capital
-El Patio del Cuartel del Conde Duque- de algo absolutamente
entrañable, y posiblemente irrepetible.
El evento
estaba enmarcado dentro de la programación -hay que reconocer
que cuidada, variada y exquisita, a la par que poco subvencionada- que
el ayuntamiento de Madrid ha dado en llamar Los Veranos de la Villa.
Se trataba
de ver nuevamente a los míticos Yes en directo
y al completo, ésto es, incluyendo en la visita al componente
más díscolo e inquieto, el genial teclista Rick
Wakeman. Y puesto que últimamente no ha aparecido
ningún nuevo trabajo que incremente la ya abundante discografía
de los señores afirmativos, lo que se nos prometía desde
distintos frentes informativos era una intensa y larga velada -se hablaba
de que se superarían las 2 horas y media- recorriendo el lado
más clásico, el más exitoso y entrañable,
de su dilatada carrera.
Con esas
premisas el lleno estaba casi garantizado, y se produjo: desconocemos
el número de villanos -habitantes de la villa- que rendían
pleitesía al Conde Duque en su patio en el pasado, pero a día
de hoy no menos de 2.500 seres nostálgicos nos reuníamos
en el mismo patio para rendirnos, igual que antaño, a los pies
de los padres del rock sinfónico.
Con puntualidad
inglesa, 21:30, se plantaron en el escenario, y la primera impresión
fue, a mi modo de ver, impactante. Y es que a nadie se le escapa que
estos señores de la escena, que pueden presumir de una cantidad
enorme de conciertos a sus espaldas, superan con creces la barrera de
los 50 años. Y quizás por eso, a los que hemos crecido
con ellos nos impacta ver que el tiempo no perdona, y que los dioses
también envejecen.
... Pero
son dioses. Así que una vez comprobada la parte humana en sus
físicos, el lado divino hizo el resto. Tras los primeros compases
de su "Siberian Kathru" sólo hubo
que liberar la mente, y dejarse trasportar al pasado en un viaje que
se hizo demasiado corto. No merece la pena que nos extendamos en describir
un concierto casi perfecto, pues respondieron con maestría a
las expectativas preconcebidas. Digamos tan sólo que musicalmente
están todos enormes, y todos tuvieron su momento especial
y personal para demostrarlo (excepto el señor Allan
White, que no hizo ningún solo. No fue necesario). Como
espectáculo, resultó correcto y discreto en cuanto a escenografía
y luces y sobresaliente en cuanto a calidad de sonido. Rick
Wakeman demostró porque se le echaba de menos, llenando
con su presencia y su personalidad su lado del escenario. John
Anderson sigue siendo la viva imagen de la felicidad psicotrópica,
con sus suaves, armoniosos y rítmicos movimientos, y con sus
edulcorados cánticos a la paz y el amor. Su mágico hilo
de voz se conserva impecable. Steve Howe, seco y arisco,
como siempre, nos maravilló a todos con su técnica y con
su melodía. Allan White, en su discreto segundo
plano, pasó la noche marcando contundente e incansable los tiempos.
Y el señor Chris Squire, quizás el que
más ha cambiado desde la última vez, absolutamente enorme
y entregado -aunque ya no se mueve con la misma soltura que en otros
tiempos menos recientes-, puso, como siempre hace, la chispa más
cañera al show.
Insisto,
no merece la pena que perdamos el tiempo en deshacernos en elogios tan
evidentes como merecidos. Creo que es mejor seguir descendiendo por
el tobogan de la pantalla y que los que estuvimos allí, rememoremos
en las fotos algunos momentos del viaje al pasado, y que los que no
estuvieron vean -también en las fotos- que no hay mejor forma
de envejecer que permaneciendo fieles a sí mismos. Todo un ejemplo.
Yes, sin
duda.