Era
una cuestión casi de honor. La primera vez que Arena
vino a Madrid, no pudimos disfrutar de su buen directo.
Sufrimos más de lo deseado, y no me refiero sólo
al negativo balance económico, sino a todos los contratiempos
que tuvimos que superar. Así que la espinita seguía
clavada. Por eso, cuando se nos planteó la posibilidad
de repetir, con el extra añadido de Pete Gee
y Nick Barrett -Pendragon- teloneando en acústico,
se nos cayó la baba y no lo dudamos: era el momento.
Cambiamos
de sala, eso sí. Esta vez nos fuimos a la Caracol,
que ya consideramos como un talismán, pues hemos disfrutado
todo lo que de progresivo ha sonado por allí. Y el caso
de Pendragon y Arena no fue una excepción.
Así que ya hemos quedado tranquilos. Pudimos disfrutar
de un espectáculo excepcional, más rico y cuidado
que el anterior, y además lo pasamos en grande gracias
no sólo a la música, sino al trato tan fantástico
que tuvimos con toda esta "familia" de grandes músicos.
El
comienzo, con la sencillez de las guitarras de Nick Barrett
y Peter Gee haciendo sonar de forma tan desnuda los
clásicos de Pendragon, fue auténticamente
delicioso. Apenas duró 40 minutos, pero la calidez y
cercanía de los musicos y la nitidez del sonido propiciaron
un ambiente francamente especial. Hacia el final de su setlist,
el amigo Nolan se sumó a la fiesta para tocar
un tema con ellos, y justo en el último tema el mismísimo
técnico de guitarras también quiso participar
del buen rollo. Vamos, que se notaba que estaban disfrutando
tanto como nosotros. Desde luego no pudimos empezar mejor la
noche.
Tras
los pertinentes cambios de escenario comenzó la segunda
parte, Arena, en directo. En esta ocasión el
espectáculo venía potenciado por una pantalla
donde proyectaron interesantes imágenes de acompañamiento.
Y esta vez -a diferencia
de la anterior- sí pudimos deleitarnos con su juego
de luces. Dada la escasez de medios con que suelen contar las
bandas progresivas, no es habitual presenciar conciertos donde
se cuide tanto la puesta en escena. Arena
lo hace, y de qué manera. Cuenta para ello, no sólo
con los elementos ya destacados, sino con su verdadera arma
secreta: en todo momento la teatralidad milimétrica del
vocalista Rob Sowden planea por
la sala. Recuerdo particularmente un momento llamemos "extramusical"
-reflejado además en la galería de fotos de la
derecha, en la cuarta posición- en el que dos "abejorros
juguetones", Salmon y
Mitchell, bajista y batería,
planean alrededor de una "estatua" de Sowden
intentando sacarle de su petrificación. El momento resultó
de tal teatralidad que ni siquiera recuerdo la canción
que sonaba, tan sólo tengo grabada la imagen. Quiero
expresar con esto que el espectáculo de Arena fue más
allá de lo estrictamente musical.