La
sala en la que se desarrollaron los conciertos era francamente
peculiar. Concebida como una discoteca convencional, con cantidad
de columnas, recovecos y sofás redondos -para arrimar,
como diría mi padre, que no me dejaba ir de joven-
disponía en el centro de una zona enorme en cuyo lateral
estaba un escenario realmente amplio. Todas las bandas lo
agradecieron. La discoteca permanece habitualmente cerrada,
inexplotada, y se abrió para esta ocasión, con
lo que hubo que proveerla del equipamiento de sonido y luces
que se merecía. Y desde luego no pudo ser más
acertada la elección de una empresa de la zona, Ojeda,
que hizo un trabajo fantástico, no sólo en el
sonido, impecable, potente y nítido en todo momento,
sino también en las luces. He visto conciertos de grupos
importantes -ahora me vienen a la cabeza Symphony X
y 21st Century Schizoid Band- que no desplegaron
ni la mitad de los efectos luminosos de que disfrutamos aquí.
Si
os parece, hagamos ahora un recorrido por los distintos conciertos.
Intentaré contener esta verborrea indómita que
padezco para que el recorrido sea breve . Comenzaron la secuencia
los gaditanos OMNI, y hemos de ser justos
y reconocer que no estuvieron bien. Evidentemente eran los
más afectados por la escasez de público, ya
que había implicaciones personales y realmente es duro
no ver compensado el esfuerzo con buenos frutos. Además
la banda no estaba al completo. Faltaban Pepe Torres
y Alberto Márquez. El teclista fue sustituido
por alguien con buenas maneras pero aún no acoplado
al grupo, con lo que trabajó más de eficaz acompañamiento
que de protagonista sonoro, como ocurre con Alberto.
Lo que sí podemos destacar fue la incorporación
de un percusionista metódico y de amplios recursos
que apuntó nuevas e interesantes posibilidades en el
sonido Omni.
Pero
lo mejor estaba por venir. Y es que los franceses ECLAT,
auténticos desconocidos para nosotros y para el común
de los allí reunidos, fueron la bomba. Todo un descubrimiento
y una gratísima sorpresa. Es una banda que, aunque
tiene pocos discos, escasamente cuatro, llevan más
de 15 años juntos, y tocando mucho, lo que se nota
en el escenario. En todas las referencias que busquéis
sobre ellos os dirán que el peso de su música
y su directo recae sobre el espectacular guitarrista Alain
Chiarazzo y el teclista Thierry Massé.
Y desde luego es innegable que los dos te dejan con la boca
abierta. Además de un virtusismo nada apabullante,
tienen un carisma muy especial. Pero no sería justo
pasar por alto a todos los demás. Lo mejor que tiene
esta banda en directo, además de su fuerza y lo cuidado
de sus temas, es la sensación de conjunto. Todos tienen
su espacio para trasmitir. El cierre fue de los momentos más
intensos de todo el festival. Casi 20 minutos de un tema llamado
Circus que no tiene desperdicio. Ritmos extraidos
de las más pura tradición francesa, acordeones
a ritmo de pan y circo, dejan paso a unos desarrollos espectaculares,
complejos y bellísimos. Los allí presentes no
dábamos crédito. El calor de los aplausos llenó
los huecos de la sala, y ellos, que habían hecho un
viaje larguísimo para estar allí, supieron agradecerlo.
No en vano, ya están curtidos en cantidad de festivales,
y no sólo como participantes sino como impulsores,
pues llevan varios años organizando en su tierra el
Prog-Sud, un festival de alto nivel que ha
contado con nombres de la talla de Sylvan, Cast, DFA o
Landmark. Antes de iniciar su viaje de vuelta nos animaron
a continuar ya que ellos mismos sufrieron unas experiencias
similares durante sus primeros años. Fantásticos.
La
segunda noche era a priori la más atractiva, más
que nada porque estábamos ante personajes relativamente
conocidos por la zona. No cabe duda de que hablamos de historia
viva de la música. En el curriculum de Luis
Cobo "Manglis" y Andrés
Olaegui aparecen nombres tan "discretitos"
como Triana, Alameda, Miguel Ríos,
Enrique Morente, Manolo Sanlúcar o
Raimundo Amador, además de, por supuesto,
Guadalquivir. Así que sobre el escenario, todas
las tablas del mundo. Por algún problemilla organizativo,
este día se retrasó el comienzo del concierto
de la MANGLIS COMPAS MACHINE, lo que repercutió
en el escaso repertorio de Luis Cobo, un recorrido
de apenas media hora por las nuevas propuestas de este experto
músico y su banda. No quiso quitarle demasiado espacio
a su compañero Andrés, habida cuenta
de que, además, al final, todos los músicos
tenían que volver a juntarse sobre el escenario -menos
mal que era grande- para emprender el prometido viaje al pasado.
ANDRES OLAEGUI TRIO, que a pesar del nombre,
aparecieron en formación de cuarteto, tocaron con la
maestría que se les suponía y con el gusto y
la sensibilidad que requiere este jazz detallista y hermoso.
Reconocemos que pasamos de puntillas por estos dos conciertos,
pero no penséis que es porque no tuviesen nivel o cosas
así. Es sólo porque el estilo se aleja un poco
del que mejor conocemos y no me atrevo a opinar desde la ignorancia.
Sólo sé lo que me gusta y lo que no, y esto
me gustó. Tras el final, tras los preceptivos aplausos,
se cumplió lo prometido. Tan sólo fue otra media
hora más, casi como un bis, pero madre mía,
qué bis. Otro de los grandes momentos del festival
fue poder ver a estos dos fenómenos con sus bandas
revisitando a la mítica banda Guadalquivir.
La apoteosis fue antológica. La gente era consciente
de que estaban viviendo algo único e irrepetible y
disfrutaron, tanto los de arriba como los de abajo. El propio
Andrés Olaegui, una persona admirable, que
trasmite sólo con su presencia y su trato la sana filosofía
de disfrutar de cada momento con pasión, decía
al final, comentando entre nosotros sus sensaciones, que "aunque
la sala estaba vacía, parecía llena",
en clara alusión al mágico ambiente que se creó
entre bandas y público. Sin duda, segunda noche de
éxito musical. Vamos a por la tercera.
La
tercera estuvo reservada, como ya hemos adelantado, para la
música folk. Comenzaron AMAROK, una
banda absolutamente mágica, que no deja indiferente
a nadie. Es por su música, compleja a veces, suave
y profunda otras, festiva y desenfadada cuando ya tienen rendido
al público. Pero también es por su puesta en
escena, que te hace sentir su manera desenfadada pero comprometida
de entender la vida. Además de los instrumentos convencionales
-guitarra, bajos, batería, teclado, guitarra- desfilan
por el escenario los instrumentos más exóticos,
étnicos y variados - flauta, violín, saxofón,
clarinete, marimba, charango, didgeridoo, tabla, saz, y no
sé cuantos más-. La voz cálida y clara
de Marta Segura cuenta historias que la gente quiere
escuchar y entender, y la complicidad entre todos ellos, que
juegan, se ríen y disfrutan, te da un buen rollo cercano
al subidón. Insistimos en que si algo bueno tenía
este festival por encima de otros es que estaba pensado para
"captar" a gente que habitualmente no tiene ningún
contacto con esta música. Y Amarok es especialmente
ideal para enganchar. La mayoría de los allí
presentes entraron casi por curiosidad, y desde luego terminaron
felices, encantados y sorprendidos. No había más
que ver sus caras y oír sus comentarios. Sólo
podemos descubrirnos ante este fantástico grupo de,
ante todo, personas, que dieron un conciertazo, entregándose
al máximo, a pesar de que las circunstancias fueran
tan poco favorables. Ya les echamos de menos, y sólo
esperamos el momento de poder disfrutarles de nuevo en directo.
Llegamos
al final del festival con la banda que particularmente nosotros
teníamos más ganas de ver, porque sabíamos
que su directo nos daría una nueva dimensión
de su musica. Presentábamos a KARNATAKA
como una banda a medias entre The Corrs y Pink
Floyd. No es del todo cierto, pero servía para
orientar al personal. En sus discos, el sonido de Karnataka
se basa en un rock amable, a veces comercial, enriquecido
por dos voces femeninas excepcionales, y complementado por
unos largos desarrollos instrumentales en los que destacan
por encima de todo una guitarra soberbia y unos teclados muy
cuidados. En directo, y según lo previsto, todos esos
ingredientes se potencian de forma espectacular, y el resultado
es totalmente adictivo. Nada que ver con los discos. Donde
en el estudio hay suaves ambientes melódicos, encima
del escenario todo es fuerza y energía. Anne Marie
y Rachel, las dos chicas, cantan, bailan, se mueven,
provocan, con su belleza física, insinuante y sugerente,
y con sus miradas cómplices, entre ellas y con el público,
que corresponde embelesado. Y el potente juego de luces unido
a los vaporosos pañuelos rojos con que decoraron el
escenario terminaron de completar un espectáculo redondo.
Como ocurriera con Amarok, el público se sintió
desbordado por lo que allí estaban viendo, y se preguntaban
incrédulos de dónde habría salido esa
gente. Un lujazo y una satisfacción.